Quién hubiera pensado hace años que en vez de aliadas serían enemigas. Banca y promotoras se han retroalimentado durante años porque la actividad de una dependía, en cierto modo, de la otra. Pero en momentos de crisis, prima siempre la ley de la supervivencia y ambas juegan ahora sus cartas para evitar pérdidas a toda costa.
La realidad a la que se enfrentan las entidades financieras y el sector del ladrillo es la misma: pisos que se van acumulando sin comprador a la vista y que paralizan la construcción de nuevas promociones a la vez que dejan un lastre en las oficinas bancarias en forma de impagos y embargos.
El problema alcanza dimensiones mayores cuando las promotoras tiran la toalla antes de terminar un proyecto de edificación y los pisos terminan en manos del banco. En el momento en el que comenzó a ocurrir esto se formaron dos bolsas paralelas de viviendas en stock: la de las promotoras y la de los bancos. Y a partir de aquí es cuando empieza la guerra.
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